Archive for December, 2010

PINTOR ALICANTINO MANUEL BAEZA: A mi padre de Héctor Baeza

December 27, 2010

De la Antológ¡a del Pintor alicantino hemos recogido unos artículos que queremos reseñar, este primero de su hijo:

“Como padre mío que fue es, naturalmente, una figura irrepetible Condescendiente y amigo del diálogo. El recuerdo más lejano e impreciso es la espera cerca de la puerta de mi casa con mi cartilla en la mano para recibir de él la clase cotidiana de lectura De tal manera que cuando fui por primera vez al colegio ya sabía Ieer y escribir.

Mi concepto del respeto es consecuencia de la relación paterno-filial Mi actitud hacia él podía ser calificada de irreverente e incluso desafiante. Discutíamos acaloradamente cualquier cuestión haciendo manifestaciones obvias de desacuerdo por mi parte sin que por ello quedase perturbada nuestra relación. Esto era considera por mis amigos y compañeros de estudios como algo excepcional

Me parece evidente que el respeto hacia el semejante surge desde una relación de igualdad. Me he sentido orgulloso de mi padre y así lo he manifestado repetidas veces, no por su actividad y su dimensión universal como pintor, sino por él mismo.

Como amigo que fue, lo recuerdo especialmente por compa con él mis primeras experiencias de joven-adulto, mis primeras dudas existenciales y filosóficas y mis primeras actitudes frente a la vida. También lo hice con los primeros fracasos y sinsabores.

Compartimos copas y amigos, opiniones y aficiones, también alguna que otra prenda de vestir, aunque en esto no había una correspondencia biunívoca. Todavía quiero oír sus palabras de enfado cuando al levantarse buscaba una camisa determinada y no la encontraba porque me había adelantado con la complicidad de mi madre

Como compañero, compartí el pan -su pan- durante casi toda mi vida; y también el pan espiritual en los últimos veinte años. Me acompañó en la búsqueda, en la inquietud, en el asombro y en el entusiasmo. Caminamos adelantándome en el desaliento y recordando yo en su olvido.

 Es ése un camino en el que continuamos juntos todavía. Comenzamos juntos de la mano, y así, conseguimos un Destino común Por último, como ser humano, fue ejemplo de contrastes. Apasionado e introvertido, vanidoso hasta la médula, tierno y duro, Solitario y amigo de multitudes, degustador de lo bueno y amante asid del «campari», más por sus destellos cromáticos -a los que hacia constantes referencias- que por su sabor. Y por supuesto, alicantino de pro, defensor a ultranza de la «terreta», de sus costumbres y virtudes a capa y espada.”

 Alicante, Junio de 1987

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PINTOR ALICANTINO MANUEL BAEZA: Aproximación al hombre de A.M. CAMPOY

December 27, 2010

«Es necesario ser un hombre vivo y un artista póstumo». (Jean Coctean)

Tengo una vieja fotografía (¿de 1948, de 1950?) en la que aparecen, con la colegiata de Santillana del Mar al fondo, Rafael Zabaleta, Juan Antonio Gaya Nuño, Gerardo Diego, Federico Muelas, Manuel Baeza, Juan Fernández Figueroa, Crisanto de Lasterra, Dionisio Gamallo Fierros, Antonio Gallego Morell… Debió hacerse la fotografía en una de aquellas excursiones que se organizaban en los Cursos de Arte de La Magdalena y que dirigía Camón Amar. Tengo otras fotografías de los cursos aquéllos, en los salones de La Magdalena, en las que Manuel Baeza aparece con Pepito Lloréns Artigas, Oscar Esplá, Florentino Pérez-Embid, Benjamín Palencia, Regino Sainz de la Maza, Gregorio Prieto, Vela Zanetti, Genaro Lahuerta, Vargas Ruiz, Redondela, José Hierro, Cristóbal Halffter… Pero el Manuel Baeza de estas últimas fotografías no es el Manolo Baeza aquel de la primera.

Manolo Baeza era entonces una especie de Leslie Howard (al que se parecía tan extraordinariamente que lo confundían con él), alto y delgado, rubio azafranado, pecoso, elegante, sonriente y gentil. Era el perfecto guía de las chicas de los cursos extranjeros, a las que acompañaba a los conciertos de la Plaza Porticada y mostraba el palacio de La Magdalena como un cicerone donjuanesco y humorista. En aquellos cursos iniciales había mucha camaradería; se cantaban melodiosas canciones a coro (Gaya Nuño desafinaba, Manolo Baeza se destacaba como tenor), y cuando no se cantaba a coro lo hacía en solitario Manolo Millares, que nos colocaba melancólicas folías canarias acompañándose con su timple, o Manolo Mampaso desgranaba el «Claro de luna» debussiano en su infatigable armónica. Manolo Baeza era un hombre lleno de vida y de ganas de vivir. Si alguna vez estaba serio era precisamente porque, de broma, fingía estarlo, y todo lo atento que permanecía durante las conferencias del Salón de la Reina, era revoltoso luego en la playa y en el bar.

 No recuerdo ahora dónde y cuándo lo conocí, si en los cursos de arte de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, si en el Caserón del Sacramento, morada del maestro Eugenio d’Ors, o si en el café Gijón, en la tertulia que teníamos con Pancho Cossío, Gerardo Diego, Quirós, Cristino Mallo… Lo recuerdo en los «viernes de don Eugenio», en el Caserón del Sacramento, atento e irónico como un irlandés que tuviera eL título de sir, moviéndose sonriente entre aquella corte dorsiana que formaban Serrano Súfier, Arón Cotrus, Zabaleta, los Vivanco, Aunós, Conchita Montes, los infantes de Baviera, poetas, embajadores, artistas, aristócratas…

 Don Eugenio había descubierto a Baeza para el Salón de los Once, selectísima antología de la Academia Breve de Crítica de Arte: «Nuevo en esta plaza, se dice en la fiesta de toros cuando un joven espada pisa por primera vez venerables arenas. Una de las notas características del Salón presente ha sido la de la juventud de los participantes. Son nuevos en esta plaza los más», y añadía don Eugenio: «Uno se ha destacado claramente, inclusive con el más materialmente profesional de los éxitos. A lado de la soberanía, ya consagrada, de Rafael Zabaleta, y de la renovación vigorosa de José Caballero, arrancado a la decoración por lo que en el pleno sentido de la palabra podemos llamar antonomásicamente  pintura, ha estallado como de súbito, con la intensidad de un meteoro, la gloria de un recién llegado: el levantino Manuel Baeza. Súbito en el conocimiento de las gentes y súbito, por otra parte, en el florecer de la propia vocación. Baeza es un autodidacta. Pero, ¡atención!, pertenece a una familia de orfebres. Tiene la preparación normal que pudieron tener los mejores artistas del Renacimiento italiano…»

 Ser descubierto así de jubilosamente por Eugenio d’Ors, en aquellos años, era toda una presentación de credenciales en Madrid. A los Salones de los Once pertenecían, entre otros, Torres-García, Benjamín Palencia, Eduardo Vicente, Zabaleta, Solana, OIga Sacharoff, Pedro Bueno, Planes, Grau Sala, Àngel Ferrant, Joaquín Vaquero, Juan Antonio Morales, Francisco Lozano, Vázquez Díaz, Lloréns Artigas, Mompou, Álvaro Delgado, Cristino Mallo, Zuloaga, José Clará, Pancho Cossío, Oteiza, Perceval, Tápies, Miró, Dalí… No estaba mal, para empezar, nominarse en esa nómina. Manuel Baeza entró en el gran mundo de la pintura «madrileña» de la mano de Eugenio d’Ors. Pero ni siquiera aquello (que era lo que más ambicionaba cualquier pintor español) consiguió darle apariencias de estatua a Baeza. Dice Séneca que es muy difícil ser constantemente el mismo hombre. Pues Manuel Baeza lo fue. Siempre fue lo menos parecido a su propia estatua.

 En nuestra tertulia de la Cervecería de Correos, en Cibeles (con Gaya Nuño, Milícua, Mateos, Pedro Flores, Paco Arias, Ucelay, tantos otros), Manuel Baeza ponía siempre su nota de alegría y buen humor, su camaradería y compañerismo. Los años han pasado, claro está, y de aquel Leslie Howard de antaño… Pero sigue igual de vivaz, tan alegre compañero. No quiso nunca posar de artista, que es un poco posar de muerto, Siempre ha sido un hombre vivo, interesado y hasta apasionado por la suerte de su tiempo. Un hombre comprometido con su tiempo.

PINTOR ALICANTINO MANUEL BAEZA: SU TIEMPO (1911-1986) de A.M.CAMPOY

December 27, 2010

«No hay evasión posible. El tiempo es invariable». (Henry Miller)

Hay obras de arte que se explican por sí mismas, aunque para entenderlas exactamente es preciso conocer las en su perspectiva histórica; otras obras de arte sólo pueden explicarse como «documento», como testimonio de una edad, pues intrínsecamente no son nada.

 ¿Qué son las Primeras Medallas de 1912, concedidas un año después de venir al mundo Manuel Baeza? Son, sobre todo, líneas de continuidad en los criterios estéticos y sociales de nuestras Exposiciones Nacionales de Bellas Artes. La Nacional de 1912 consagra los nombres de Martínez Cubells, Salaverría, Rusiñol, Rodríguez-Acosta, Agustín Lhardy, Moisés de Huerta… Baeza viene al mundo en ese momento artístico español. Fuera de España, tres meses después de nacer en Alicante nuestro pintor, las cosas son distintas. En abril de 1911 se inaugura en París el XXVII Salón de los Independientes, en cuya «escandalosa» sala 41 exponen los cubistas: Archipenko, Delauny, Marcel Duchamp, Gleizes, Marie Laurencin, La Fresnaye, Léger, Fauconnier, Metzinger, Picabia, Reth… «Le Journal)) vió estas obras como un «regreso al salvajismo y a la barbarie primitivos)). Con lo que resulta que en todas partes cuecen habas, y Francia no se libraba de tal cocción. Pero allí, en París, se consagraban las excepciones a la regla conservadora -reaccionaria- de Francia.

 Entre nosotros también había excepciones que se llaman Vázquez Díaz, Solana, Echevarria, Iturrino, Nonell, Regoyos y -a punto de ser asumidos ya por la «école de Paris))- Picasso, Juan Gris, María Blanchard… En 1930, que es el año de la iniciación «profesional)) de Manuel Baeza, nuestra Nacional de Bellas Artes concede sus Primeras Medallas a Àngel Gómez Alarcón, Castro Gil, Álvarez Laviada, y la Medalla de Honor se otorga a Joaquín Mir. Ese mismo año, Picasso recibe el Premio Carnegie por el retrato de OIga.

Matisse viaja a Tahití en busca de arabescos oceánidas. Giorgio de Chirico ilustra los «Caligramas)) de Apollinaire. André Breton publica el Segundo Manifiesto Surrealista… Años después, Eugenio d’Ors hacía el balance del “estado de la pintura” en España con estas palabras: «Un siglo entero ha podido pasarse, en Madrid y en el ambiente intelectual español por Madrid regido, completamente en ayunas de cualquier directa información acerca del arte mundial contemporáneo)) .

Arte mundial que, ineludiblemente, se citaba en la «école de Paris), que era -es-, en síntesis, según la clara explicación de Bernard Dorival, «la elaboración, por extranjeros fijados en la capital de Francia, de una flexión original del arte internacional del momento, la creación de una pintura que no se confunde ni con la francesa ni con las extranjeras, que participa de una y otras, y que posee ante todo un pronunciado sabor personal.) Donde Dorival pone “extranjeros fijados en la capital de Francia”, pongamos nosotros «pintores de toda España reunidos en la capital del país)) y obtendremos una imagen clara de lo que puede ser la llamada «escuela de Madrid)), a la que Manuel Baeza se incorpora en los años cuarenta con pleno derecho: primero, por su largo aprendizaje madrileño; después, y definitivamente, por su inclusión en el Salón de los Once.

No pierde por ello su carácter esencial y radical de pintor mediterráneo (no pierde su cantabrismo Cossío, ni su asturianismo Vaquero, ni su vasquismo lo pierden Menchu Gal ni García Ochoa, miembros eminentes de la «escuela de Madrid», pero su adscripción a la escuela madrileña es un dato que no debe pasarse por alto.

Baeza, como tantos otros, contribuye a la significación de dicha escuela.

 Participa activamente en el movimiento pictórico contemporáneo más decisivo de los años de la posguerra, al que aporta su visión personal y del que, sin duda, recibe -como todos- informes peculiares. No es el pintor que se retrae en su tierra y deja pasar, indolente y reaccionario, la procesión de la actualidad. Manuel Baeza es uno más de los protagonistas del protagonismo de Madrid en los años cruciales del arte moderno, y cuando lo cree necesario se instala en París para percibir, más aún, el aire nuevo. Luego de sus experiencias madrileñas y parisienses volverá a su tierra, junto a su mar, para seguir hilvanando el hilo de oro de su obra. Allí, en su estudio alicantino, sentirá palpitar todo lo que exalta su alma, y siempre permanecerá en vigilia temporal, atento al discurrir de las horas, sin exiliarse en ningún pasado, sin ser desleal a cuantos -pasados- pudieran conformarlo. Baeza se ha librado de ser un converso. El cambio, en su obra, es un tránsito continuo hacia la madurez, nunca un salto calculado…

PINTOR ALICANTINO MANUEL BAEZA: ETAPAS por A.M. CAMPOY

December 10, 2010

«El genio de un pintor tiene un carácter psíquico, manual y técnico del que carece el genio del poeta. Así, cuando un pintor alcanza el apogeo de su carrera, su obra no declina y se conserva impecable hasta su muerte». (Thomas Wolfe)

No hay espectáculo más prodigioso que el de la carrera de un artista. La vida del pintor, al contrario que la vida del hombre -que es una carrera hacia la decadencia-, se colma y perfecciona a medida que avanzan los años. Tiziano, Goya, Picasso, tantos otros, vivieron ascendentemente. Y hay, además, en la vida de un pintor, la fascinación del cambio, el prodigioso espectáculo de su evolución creadora. Cambiar, para el pintor, no es arrojar de sí una manera para apropiarse otra; cambiar es completarse, aprovechar lo que de aprovechable tenga una etapa para, desde ella, corroborarse en otra. Ver, en su panorama antológico, la vida de un pintor es asistir al cambio incesante, paulatino y enriquecedor de su arte. Vemos que la línea cambiante, zigzagueante, va desde lo ambiguo hasta lo intransferiblemente personal. No podemos aludir a la obra total de un pintor sin confundirmos. Hay que señalar sus épocas, tan relacionadas entre sí como distantes en el tiempo. Es, en definitiva, una misma sensibilidad -más refinada, más experimentada, ciertamente- la que se ofrece a lo largo de toda la obra. Las épocas de Manuel Baeza (nacido, no se olvide, en 1911) pueden delimitarse entre 1930 y 1980, sin que esta delimitación sea -no debe ni puede ser- rígida ni artificiosa, pues entre las distintas épocas -como entre las distintas edades del hombre- reaparecen motivos no extintos.

A la época Inicial, o período de 1930-1947, corresponden un sentido casi táctil de lo real señalable en «Cesta de huevos», pero dentro de un clima pictórico que voluntariamente prevalece sobre las calidades de las cosas, y un realismo vigoroso «

PINTOR ALICANTINO MANUEL BAEZA: LES FOGUERES DE SANT JOAN por JACINTO MASANET GOMIS

December 10, 2010

El pintor alicantino Manuel Baeza, ha estado vinculado a la fiesta en sus diversos aspectos, pues ha sido galardonado varias veces con el primer premio de Carteles de Hogueras, así como ha prestado su colaboración a Llibrets, Hogueras y Revista Oficial, con dibujos de su creación. También ha sido jurado durante muchos años del Concurso de Carteles de Hogueras, y en la actualidad durante la última década es Asesor Artístico nombrado por el Excmo. Ayuntamiento dentro de la Comisión Gestora.

Es alicantino de nacimiento, de familia de joyeros-orfebres, y su profesión es la de pintor. Ha realizado numerosas exposiciones tanto nacionales como internacionales, habiendo concurrido a numerosas Bienales en el extranjero.

Es un pintor conocido de la crítica nacional, pues no en balde fue seleccionado para exponer en el Salón de los Once.

Aparte también se dedica a hacer murales, existiendo obra en muchos puntos de la península y en particular en su “terreta” destacando por su grandiosidad el mosaico existente en el exterior del Edificio del Hotel “Gran Sol” en la Rambla de Méndez Núñez.

 Ha sido profesor de la Academia de Bellas Artes de Alicante desde su fundación, habiendo desempeñado también el cargo de Director de la misma.

 Ha obtenido becas de diferentes Instituciones y asistido a Seminarios de Arte. Es poseedor de diversos premios y galardones, tanto nacionales como internacionales.

 Por su demostrado alicantinismo, al no salir de Alicante, residiendo en la capital, de la cual ha salido su obra, por los dones que adornan su persona y por la honradez de su obra artística creemos es merecedor al título de Hijo Predilecto de la ciudad que se está tramitando.

Por lo tanto esta Comisión Gestora de les Fogueres de Sant Joan se adhiere a la petición de dicho nombramiento para Manuel Baeza, manifestando con ello el sentir de esta Comisión y de todos los foguerers de la ciudad.

PINTOR ALICANTINO MANUEL BAEZA: Mediterráneo de A.M. Campoy

December 10, 2010

«Cuando el espacio, sin perfil, resume con una nube su vasta indecisión a la deriva… ¿Dónde la orilla?» (Jorge Guillén)

El mar, con alguna notabilísima excepción, no es el protagonista de esta obra hecha a la orilla del mar. Otros pintores, también en la orilla mediterránea (Benjamín Palencia, Francisco Lozano), no han hecho, tampoco, protagonista de su obra al mar. No lo han hecho de manera visible y literal, a la manera que lo hacían Sorolla o Dufy, complacidos en la gran anécdota de las playas valencianas y de Deauville. Tampoco Picasso vivía en la Costa Azul para pintar el mar, pero el mar, el Mediterráneo, inspira y da sentido a su obra. Baeza está sumergido en el mar (¿no es, acaso, abisal, de fondo marino, el clima colorístico de su obra?), vive cara al mar, lo necesita, lo ama. Tiene que respirarlo por todos los poros de su cuerpo, empaparse de él, salarse a su luz las pupilas. Luego, como le ocurría a Picasso, podrá pintarlo o no, yeso es lo que menos importa. No tiene Baeza vocación de marinista. Su vocación, la llamada de su ser, es el mar como un motivo vital, como una comunicación sobrenatural. Como una inspiración. El latido del mar acompasa el movimiento de su vida. Y, como ocurre en Picasso, todo cuanto haga estará íntimamente relacionado con el mar. No importa lo que pueda ser (unos frutos, una niña, un paisaje), pero lo que sea será, allá dentro, un motivo del mar. Una inspiración mediterránea. La luz, la atmósfera que depara y condiciona esa luz, son marinas, mediterráneas. Baeza, como todos los pintores esencialmente mediterráneos, lleva a cabo en su obra una lucha incansable con la luz: una heliomaquia. De esta lucha, o se sale cromático o se sale lineal, quiere decirse impresionista o clásico. Eugenio d’ Ors vio en Baeza «una acuidad lineal, también muy renacentista», y añadía que «la escritura pura y cursiva de tal pintura, hace aparecer la victoria de un dibujante cuyas libertades quedan autorizadas por una sabiduría de la mejor ley». Pues ese clasicismo -lineal, renacentista- puramente mediterráneo, lo mismo que el de Picasso. «Pocas cosas más picassianas se han pintado más allá de la malumba de las imitaciones sin espíritu…» Eugenio d’Ors, al relacionar el italianismo de Baeza con el de Picasso, lo que hace es relacionar a los dos en un mismo clasicismo. En una misma mediterraneidad. Esta mediterraneidad puede alguna vez, en Picasso, hurgar en el fondo del mar y sacar a la luz los temibles monstruos que duermen en el misterio de las aguas. Baeza, en cambio, nunca ha sentido la tentación literal de un toro humanoide de Minos. Hay, sí, un vago -escondido, secreto, pudoroso- patetismo en su obra, pero ésta nunca se corrobora expresionista. Las formas nunca son tumultuosas, el color jamás se exalta. La forma, por delicuescente que pueda quedar, siempre prevalece sobre la expresión. Hay en Baeza una voluntad de equilibrio, y la pasión, en él, se llama serenidad. No se deja arrastrar por el lenguaje dramático, al menos en la superficie. Siente, como un griego antiguo, el dolor del mundo como una debilidad. Su ver las cosas es apolíneo, lo que no evita, no puede evitar, que en la luz que sostiene su obra se presientan nadie sabe qué fiebres ni que pavores. Es como su mar: impasiblemente azul, pero secretamente poblado de sucesos que es preciso referir en voz baja. El mar nórdico narra directamente unas leyendas que acaban siendo cuentos de hadas; el Mediterráneo, que aparentemente es una sonrisa azul, guarda en su lomo las estelas de unas negras naves de purpúreas velas, y en su vientre guarda los mitos más enloquecedores. Y, extrañamente, junto a este mar preñado de mitos oscuros, lo que nació fue la geometría; en orillas rumorosas de gemidos de monstruos, lo que brotó fue la razón. Hay, también, en la obra de Manuel Baeza, una voluntad de silenciar gritos y lloros. Porque, al fin y al cabo, la belleza no es más que una revancha -no sé si imaginaria o fantástica- del alma frente -y contra- las asechanzas que la vida de cada día le opone. Si el expresionismo es un complacerse en la oscuridad y en el desorden, el mediterraneísmo es una voluntad de orden y de luz. Y nunca se entenderá esta pintura de gentil lenguaje y arcano sentido si no se recuerda, cuadro a cuadro, la esencial mediterraneidad del pintor. «El Mediterráneo tiembla como una piel acariciada», dice Camón Aznar. Tiembla, también, esta pintura como la piel del mar. Tiembla por dentro, en su recóndita sensibilidad, pero no muestra ese temblor -como en los impresionistas- en el cabrilleo del agua y de la luz. Todo, en ella, permanece sereno y suave, silente. Ni un arabesco emocional. La línea, para corroborarse lo que es -geometría- se abstrae, quiere ser -y es- forma antes que expresión. El color no puede alterar la serenidad del conjunto. Es una melodía que desea ser cantada linealmente. Líneas son las cuerdas de la lira mediterránea, líneas que pueden temblar, pero nunca desordenarse sin romperse. Y a esto, en la pintura de Baeza, hay que llamarlo lirismo.

PINTOR ALICANTINO MANUEL BAEZA: EL AZUL

December 9, 2010

«Azules nuevos, como recién cortados; azules calientes, azules de pureza.

Esa pastosidad y esa levedad de la luz… » (Gabriel Miró)

 

¿Por qué será el azul, entre todos los colores que sensualizan la gama cromática de Baeza, el que con mayor persistencia se rezaga en nuestros ojos -en la memoria de nuestros ojos-, convirtiéndose en el color heráldico del pintor? Un azul, ciertamente, que nunca podemos decir si es el azul del añil o el azul celeste del marino, No sabemos si es el azul del cielo o el azul del mar.

 

¿Por qué el sistema cromático de Baeza, fundado sobre los tres primarios de la gran tradición -rojo, amarillo, azul-, se resume, casi litúrgicamente, en la infinita gama del azul? Hace años, el pintor reveló el secreto de su paleta de trabajo, que se disponía así:

1, Amarillo cadmio claro 2, Amarillo cadmio oscuro 3, Ocre claro 4, Siena natural 5, Siena tostado 6, Bermellón 7, Rojo cadmio 8, Carmín 9, Verde cadmio 10, Verde veronés 11 , Verde esmeralda 12, Azul cerúleo 13, Azul cobalto 14, Azul ultramar 15, Sombra tostada 16, Negro A, Blanco de plata B, Blanco de cinc

Pues esos tres azules -cerúleo, cobalto, ultramar- son los que desatan el sentimiento mediterráneo del pintor, los que, para decirlo como Delacroix, «aumentan el efecto del cuadro por la imaginación». «Delante de mí están -dice José Hierro- esas frágiles figuras femeninas, casi irreales, envueltas en una luz azulada». Todo Alicante es una sinfonía azul, «con el azul del mar y del cielo», dice Azorín, «con la línea rosa de la ribera junto a la línea azul del mar: concierto magnífico de grises, rosas, amarillos y azules»; todas las cosas entregadas «al azul, al rosa, al rojo, al violeta, al morado, al oro de los crepúsculos». Y Gabriel Miró: «Pueblo claro y recogido.

 

Dentro de los azules, paredes de aristas de espigas, contornos de nitidez de sal… Las frentes desnudas de los montes, rojas y moradas, esculpidas en el cielo; y en el confín, el peñascal, todo de grana, saliendo encantadamente del mar; una mar lisa, parada, ciega, mirando al sol redondo que forja de cobre lo más íntimo y pastoso de un sembrado… Y el fondo de dos azules: azul celeste y azul Mediterráneo, un Mediterráneo de urna de consola… Sobre la huerta y el río se extiende una niebla delgada y azul.»

 

Azul alicantino -mediterráneo- señoreando el clima colorista de Manuel Baeza. Es el color -azul- de una heráldica de juventud (Rubén Darío identificó el verso azul con el ruiseñor y la alondra de la noche y la mañana). Un color eternamente joven. Como el mar y el cielo que lo deparan.

BAEZA, UNA POETICA DE LA LIBERTAD DE Enrique Cerdán Tato

December 9, 2010

A Manolo Baeza le pasó, de niño, que el afilado horizonte del Mediterráneo le rasgó los ojo para el asombro del color y la indagación de las formas. A Manolo Baeza el prodigio de aquel amanecer a la vida fue, ya para siempre, el prodigio mismo de una revelación: la luz que imperativamente le estipuló el reto.

 

A Manolo Baeza tanto y tan vigoroso descubrimiento le sosegó paradójicamente la caligrafía y le dio a su estética un aire de resoluciones mágicas. A Manolo Baeza el surrealismo le rozó apenas como el ala de un vuelo fugaz.

 

Se ha escrito mucho sobre la obra artística de Manolo Baeza, sin duda uno de nuestros pintores más rigurosos y reflexivos. Y se ha escrito con tino y buen pulso. Pero el certificado de garantía de sus óleos, de sus acuarelas o de sus gouaches está, más que en el elogio merecido y certero de críticas y comentarios, en sus óleos, en sus acuarelas o en sus gouaches. Desde los “Vendedores de aves” o desde la “Mesa de relojero”, hasta el “Maniquí” o el “Rostro”, Manolo Baeza observa una fidelidad a sus principios conceptuales y a un progresivo enriquecimiento cromático, sin que esa fidelidad que singulariza su pintura -su estilo, si se quiere- le impidiera, en modo alguno, perseverar en la evolución de sus cuadros, en la disposición y organización de sus elementos plásticos, hasta que la materia, como advirtieron lo críticos Ernesto Contreras y Sánchez-Gamargo, estableció su hegemonía. No en balde Eugenio D’Ors dijo, refiriéndose a la pintura de Baeza, que “su escritura pura y cursiva, hace aparecer la victoria de un dibujante cuyas libertades quedan autorizadas por una sabiduría de la mejor ley”.

 

Porque Manolo Baeza, además de pintor excepcional, era una cartelista y un ., , ilustrador capaz de transferir su poética y el misterio de su poética al formato del cartel publicitario o a los textos de las “Fábulas de Polifemo y Galatea”,del mismo modo y con la maestría que trabajaba la ceramica, el mural, la vidriera y el mosaico

Por mediterráneo, Baeza se movía en la atmósfera del mito clásico del apasionamiento embridado, y también en la serena razón de la geometría. Y así, una tarde, a principio de los setenta, cuando con otros amigos, contemplábamos en su estudio no recuerdo ya qué obras, en concreto, le manifesté que aquellos lienzos de líneas onduladas y de considerable envergadura eran susceptibles de reducirse perfectamente a fórmulas matemáticas, mediante la aplicación de la geometría analítica. Me pregunto gratamente sorprendió si podía hacerlo y le contesté que sí: así llevaría la exposición que preparaba en un folio lleno de expresiones algebraicas. Lo cierto es que, por uno u otro motivo, no llegamos a culminar aquel proyecto que a ambos nos seducía. Justo la última vez que nos vimos, me lo recordó. De la misma manera que recordamos, ahora, la atención que siempre le prestó a nuestra revista. Tras su muerte, “FESTA’87” salió a la calle de gala: en su portada, un rostro de mujer firmado por Baeza. Un lujo de amistad y de arte.

PERIODO DEL 1950-1970 DEL PINTOR ALICANTINO MANUEL BAEZA por manuel Perales

December 9, 2010

Artísticamente son los períodos que transcurren desde 1950 a 1970. En su obra pictórica, de ese período, destaca la insistente y abrumadora aparición de un arquetipo que merece especial observación, la “mandala” o círculo mágico. De manera general, puede decirse que cuando suceden hechos que captan nuestros sentidos, fenómenos reales, visuales, sonoros … son trasladados a nuestra mente desde su realidad, y allí se convierten en sucesos psíquicos cuya naturaleza última no puede conocerse y permanecen bajo el umbral de la conciencia, podemos experimentados en un momento de intuición o a través de un pensamiento profundo, y aunque hayamos desdeñado su importancia emotiva y vital, acaban surgiendo del inconsciente de forma desconocida para nosotros.

 El sueño es el camino regio para el traslado de esos contenidos del inconsciente a nuestro consciente en lenguaje simbólico o irreal, a veces utilizando lo que se denominan restos diurnos, es decir, expresados a través de la dislocación de sucesos que hemos tenido en el día. Pero también ocurre que existe la posibilidad de tal comunicación en estado de vigilia, y ello se representa a través de los arquetipos, que fluyen en muchos casos de manera inconsciente, el arreglo o disposición de un jardín, la contemplación de una imagen, la expresión o pintura de una figura, la identidad psíquica con ciertas cosas, “participación mística” que hoy en día está eliminada por nuestro avance racional con respecto a nuestro mundo de cosas, pero que se daba intensamente en el hombre primitivo, con respecto a lo que le rodeaba, el sol, el bosque, el mar ..,

Uno de los arquetipos que expresa la iniciación de un proceso de individuación es la mandala. Ese proceso es conmocional psíquicamente y determina un desarrollo de cambio que altera las bases de la personalidad a través de un “élan” vital creador que transforma la vida en una aventura interna, rica y llena de posibilidades. Mandala es una voz sánscrita que quiere decir círculo mágico,’ se toma en psicología profunda, por Jung, como la representación más caracterizada de lo que califica el “sí mismo”, el centro de la totalidad psíquica. El círculo tiene un gran contenido psíquico. El símbolo del círculo aparece en el culto solar, en la religión moderna, en trazados de ciudades, en prácticas ascetas de monjes budistas, en las ideas esféricas de los primeros astrónomos; Platón representa la psíque como una esfera, Roma se construye, según la leyenda, por un círculo que trazó Rómulo para limitarla, el círculo aparece en los rosetones-vidrieras de las catedrales, como expresión psíquica simbólica aparece en toda la historia de la humanidad. En Arte Moderno aparece también profusamente. Jung, ha señalado que un símbolo aparece solamente cuando hay necesidad de expresar lo que el pensamiento no puede expresar. En Arte Moderno, ejemplos de análisis psíquicos para simbología se han propuesto en los cuadros de Delaunay “El Sol y la Luna”, “Algunos Círculos” de Kaudinsky o “Límites del entendimiento” de Paul Klee, el pintor suizo que coloca la figura de un círculo encima de una compleja estructura de escaleras y líneas. La mandala es una figura circular, radial o lisa, con círculos concéntricos o en forma de esfera, pero siempre reconocible cuando cumple su función arquetípica.

 Y así sucede con las mandalas que pinta Baeza, insistentemente, en la época que comentamos. En su cuadro “Niña con Molineta“, la mandala es la molineta, que ocupa una posición central y dominante en el cuadro, que capta la atención del observador, en “Frutera”, el dibujo de las frutas expuestas son multitud de mandalas, radiales, esféricas, deformadas, todas alrededor una figura femenina, cuyo contenido o arquetipo, también comentaremos.

COSMOGENIA DE LA OBRA PICTORICA DE MANUEL BAEZA Por MANUEL PERALES PEREZ

December 9, 2010

 

La cosmogonía expresada en las serigrafías aparece en los óleos de Baeza, del último período indicado, especialmente a través del arquetipo del ánima, en sus cuadros “Niña en el Bosque“, “Desnudo con sombrero en la Playa” y “La Flor en la l’..fano“, por ejemplo.

 

 En el primer cuadro comentado, representada por una niña sin rostro, la figura del “ánima”, como arquetipo comienza a perder su función de vehículo, solo necesita desvanecerse para dar paso a la Luz que hay tras ella. Esa experiencia psíquica ya es intransmisible. En “Desnudo con sombrero en la playa” la figura femenina, desnuda, se toca con un sombrero de plumas, símbolo inequívoco de totalidad. En su cuadro “Sillas en la Playa”, tenemos igual propuesta, tierra, mar y luz, reforzada esa cosmogonía de los tres niveles, con una representación trinitaria, de tres sillas en misteriosa soledad.