BAEZA, UNA POETICA DE LA LIBERTAD DE Enrique Cerdán Tato

A Manolo Baeza le pasó, de niño, que el afilado horizonte del Mediterráneo le rasgó los ojo para el asombro del color y la indagación de las formas. A Manolo Baeza el prodigio de aquel amanecer a la vida fue, ya para siempre, el prodigio mismo de una revelación: la luz que imperativamente le estipuló el reto.

 

A Manolo Baeza tanto y tan vigoroso descubrimiento le sosegó paradójicamente la caligrafía y le dio a su estética un aire de resoluciones mágicas. A Manolo Baeza el surrealismo le rozó apenas como el ala de un vuelo fugaz.

 

Se ha escrito mucho sobre la obra artística de Manolo Baeza, sin duda uno de nuestros pintores más rigurosos y reflexivos. Y se ha escrito con tino y buen pulso. Pero el certificado de garantía de sus óleos, de sus acuarelas o de sus gouaches está, más que en el elogio merecido y certero de críticas y comentarios, en sus óleos, en sus acuarelas o en sus gouaches. Desde los “Vendedores de aves” o desde la “Mesa de relojero”, hasta el “Maniquí” o el “Rostro”, Manolo Baeza observa una fidelidad a sus principios conceptuales y a un progresivo enriquecimiento cromático, sin que esa fidelidad que singulariza su pintura -su estilo, si se quiere- le impidiera, en modo alguno, perseverar en la evolución de sus cuadros, en la disposición y organización de sus elementos plásticos, hasta que la materia, como advirtieron lo críticos Ernesto Contreras y Sánchez-Gamargo, estableció su hegemonía. No en balde Eugenio D’Ors dijo, refiriéndose a la pintura de Baeza, que “su escritura pura y cursiva, hace aparecer la victoria de un dibujante cuyas libertades quedan autorizadas por una sabiduría de la mejor ley”.

 

Porque Manolo Baeza, además de pintor excepcional, era una cartelista y un ., , ilustrador capaz de transferir su poética y el misterio de su poética al formato del cartel publicitario o a los textos de las “Fábulas de Polifemo y Galatea”,del mismo modo y con la maestría que trabajaba la ceramica, el mural, la vidriera y el mosaico

Por mediterráneo, Baeza se movía en la atmósfera del mito clásico del apasionamiento embridado, y también en la serena razón de la geometría. Y así, una tarde, a principio de los setenta, cuando con otros amigos, contemplábamos en su estudio no recuerdo ya qué obras, en concreto, le manifesté que aquellos lienzos de líneas onduladas y de considerable envergadura eran susceptibles de reducirse perfectamente a fórmulas matemáticas, mediante la aplicación de la geometría analítica. Me pregunto gratamente sorprendió si podía hacerlo y le contesté que sí: así llevaría la exposición que preparaba en un folio lleno de expresiones algebraicas. Lo cierto es que, por uno u otro motivo, no llegamos a culminar aquel proyecto que a ambos nos seducía. Justo la última vez que nos vimos, me lo recordó. De la misma manera que recordamos, ahora, la atención que siempre le prestó a nuestra revista. Tras su muerte, “FESTA’87” salió a la calle de gala: en su portada, un rostro de mujer firmado por Baeza. Un lujo de amistad y de arte.

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