PINTOR ALICANTINO MANUEL BAEZA: Mediterráneo de A.M. Campoy

«Cuando el espacio, sin perfil, resume con una nube su vasta indecisión a la deriva… ¿Dónde la orilla?» (Jorge Guillén)

El mar, con alguna notabilísima excepción, no es el protagonista de esta obra hecha a la orilla del mar. Otros pintores, también en la orilla mediterránea (Benjamín Palencia, Francisco Lozano), no han hecho, tampoco, protagonista de su obra al mar. No lo han hecho de manera visible y literal, a la manera que lo hacían Sorolla o Dufy, complacidos en la gran anécdota de las playas valencianas y de Deauville. Tampoco Picasso vivía en la Costa Azul para pintar el mar, pero el mar, el Mediterráneo, inspira y da sentido a su obra. Baeza está sumergido en el mar (¿no es, acaso, abisal, de fondo marino, el clima colorístico de su obra?), vive cara al mar, lo necesita, lo ama. Tiene que respirarlo por todos los poros de su cuerpo, empaparse de él, salarse a su luz las pupilas. Luego, como le ocurría a Picasso, podrá pintarlo o no, yeso es lo que menos importa. No tiene Baeza vocación de marinista. Su vocación, la llamada de su ser, es el mar como un motivo vital, como una comunicación sobrenatural. Como una inspiración. El latido del mar acompasa el movimiento de su vida. Y, como ocurre en Picasso, todo cuanto haga estará íntimamente relacionado con el mar. No importa lo que pueda ser (unos frutos, una niña, un paisaje), pero lo que sea será, allá dentro, un motivo del mar. Una inspiración mediterránea. La luz, la atmósfera que depara y condiciona esa luz, son marinas, mediterráneas. Baeza, como todos los pintores esencialmente mediterráneos, lleva a cabo en su obra una lucha incansable con la luz: una heliomaquia. De esta lucha, o se sale cromático o se sale lineal, quiere decirse impresionista o clásico. Eugenio d’ Ors vio en Baeza «una acuidad lineal, también muy renacentista», y añadía que «la escritura pura y cursiva de tal pintura, hace aparecer la victoria de un dibujante cuyas libertades quedan autorizadas por una sabiduría de la mejor ley». Pues ese clasicismo -lineal, renacentista- puramente mediterráneo, lo mismo que el de Picasso. «Pocas cosas más picassianas se han pintado más allá de la malumba de las imitaciones sin espíritu…» Eugenio d’Ors, al relacionar el italianismo de Baeza con el de Picasso, lo que hace es relacionar a los dos en un mismo clasicismo. En una misma mediterraneidad. Esta mediterraneidad puede alguna vez, en Picasso, hurgar en el fondo del mar y sacar a la luz los temibles monstruos que duermen en el misterio de las aguas. Baeza, en cambio, nunca ha sentido la tentación literal de un toro humanoide de Minos. Hay, sí, un vago -escondido, secreto, pudoroso- patetismo en su obra, pero ésta nunca se corrobora expresionista. Las formas nunca son tumultuosas, el color jamás se exalta. La forma, por delicuescente que pueda quedar, siempre prevalece sobre la expresión. Hay en Baeza una voluntad de equilibrio, y la pasión, en él, se llama serenidad. No se deja arrastrar por el lenguaje dramático, al menos en la superficie. Siente, como un griego antiguo, el dolor del mundo como una debilidad. Su ver las cosas es apolíneo, lo que no evita, no puede evitar, que en la luz que sostiene su obra se presientan nadie sabe qué fiebres ni que pavores. Es como su mar: impasiblemente azul, pero secretamente poblado de sucesos que es preciso referir en voz baja. El mar nórdico narra directamente unas leyendas que acaban siendo cuentos de hadas; el Mediterráneo, que aparentemente es una sonrisa azul, guarda en su lomo las estelas de unas negras naves de purpúreas velas, y en su vientre guarda los mitos más enloquecedores. Y, extrañamente, junto a este mar preñado de mitos oscuros, lo que nació fue la geometría; en orillas rumorosas de gemidos de monstruos, lo que brotó fue la razón. Hay, también, en la obra de Manuel Baeza, una voluntad de silenciar gritos y lloros. Porque, al fin y al cabo, la belleza no es más que una revancha -no sé si imaginaria o fantástica- del alma frente -y contra- las asechanzas que la vida de cada día le opone. Si el expresionismo es un complacerse en la oscuridad y en el desorden, el mediterraneísmo es una voluntad de orden y de luz. Y nunca se entenderá esta pintura de gentil lenguaje y arcano sentido si no se recuerda, cuadro a cuadro, la esencial mediterraneidad del pintor. «El Mediterráneo tiembla como una piel acariciada», dice Camón Aznar. Tiembla, también, esta pintura como la piel del mar. Tiembla por dentro, en su recóndita sensibilidad, pero no muestra ese temblor -como en los impresionistas- en el cabrilleo del agua y de la luz. Todo, en ella, permanece sereno y suave, silente. Ni un arabesco emocional. La línea, para corroborarse lo que es -geometría- se abstrae, quiere ser -y es- forma antes que expresión. El color no puede alterar la serenidad del conjunto. Es una melodía que desea ser cantada linealmente. Líneas son las cuerdas de la lira mediterránea, líneas que pueden temblar, pero nunca desordenarse sin romperse. Y a esto, en la pintura de Baeza, hay que llamarlo lirismo.

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