PINTOR ALICANTINO MANUEL BAEZA: Aproximación al hombre de A.M. CAMPOY

«Es necesario ser un hombre vivo y un artista póstumo». (Jean Coctean)

Tengo una vieja fotografía (¿de 1948, de 1950?) en la que aparecen, con la colegiata de Santillana del Mar al fondo, Rafael Zabaleta, Juan Antonio Gaya Nuño, Gerardo Diego, Federico Muelas, Manuel Baeza, Juan Fernández Figueroa, Crisanto de Lasterra, Dionisio Gamallo Fierros, Antonio Gallego Morell… Debió hacerse la fotografía en una de aquellas excursiones que se organizaban en los Cursos de Arte de La Magdalena y que dirigía Camón Amar. Tengo otras fotografías de los cursos aquéllos, en los salones de La Magdalena, en las que Manuel Baeza aparece con Pepito Lloréns Artigas, Oscar Esplá, Florentino Pérez-Embid, Benjamín Palencia, Regino Sainz de la Maza, Gregorio Prieto, Vela Zanetti, Genaro Lahuerta, Vargas Ruiz, Redondela, José Hierro, Cristóbal Halffter… Pero el Manuel Baeza de estas últimas fotografías no es el Manolo Baeza aquel de la primera.

Manolo Baeza era entonces una especie de Leslie Howard (al que se parecía tan extraordinariamente que lo confundían con él), alto y delgado, rubio azafranado, pecoso, elegante, sonriente y gentil. Era el perfecto guía de las chicas de los cursos extranjeros, a las que acompañaba a los conciertos de la Plaza Porticada y mostraba el palacio de La Magdalena como un cicerone donjuanesco y humorista. En aquellos cursos iniciales había mucha camaradería; se cantaban melodiosas canciones a coro (Gaya Nuño desafinaba, Manolo Baeza se destacaba como tenor), y cuando no se cantaba a coro lo hacía en solitario Manolo Millares, que nos colocaba melancólicas folías canarias acompañándose con su timple, o Manolo Mampaso desgranaba el «Claro de luna» debussiano en su infatigable armónica. Manolo Baeza era un hombre lleno de vida y de ganas de vivir. Si alguna vez estaba serio era precisamente porque, de broma, fingía estarlo, y todo lo atento que permanecía durante las conferencias del Salón de la Reina, era revoltoso luego en la playa y en el bar.

 No recuerdo ahora dónde y cuándo lo conocí, si en los cursos de arte de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, si en el Caserón del Sacramento, morada del maestro Eugenio d’Ors, o si en el café Gijón, en la tertulia que teníamos con Pancho Cossío, Gerardo Diego, Quirós, Cristino Mallo… Lo recuerdo en los «viernes de don Eugenio», en el Caserón del Sacramento, atento e irónico como un irlandés que tuviera eL título de sir, moviéndose sonriente entre aquella corte dorsiana que formaban Serrano Súfier, Arón Cotrus, Zabaleta, los Vivanco, Aunós, Conchita Montes, los infantes de Baviera, poetas, embajadores, artistas, aristócratas…

 Don Eugenio había descubierto a Baeza para el Salón de los Once, selectísima antología de la Academia Breve de Crítica de Arte: «Nuevo en esta plaza, se dice en la fiesta de toros cuando un joven espada pisa por primera vez venerables arenas. Una de las notas características del Salón presente ha sido la de la juventud de los participantes. Son nuevos en esta plaza los más», y añadía don Eugenio: «Uno se ha destacado claramente, inclusive con el más materialmente profesional de los éxitos. A lado de la soberanía, ya consagrada, de Rafael Zabaleta, y de la renovación vigorosa de José Caballero, arrancado a la decoración por lo que en el pleno sentido de la palabra podemos llamar antonomásicamente  pintura, ha estallado como de súbito, con la intensidad de un meteoro, la gloria de un recién llegado: el levantino Manuel Baeza. Súbito en el conocimiento de las gentes y súbito, por otra parte, en el florecer de la propia vocación. Baeza es un autodidacta. Pero, ¡atención!, pertenece a una familia de orfebres. Tiene la preparación normal que pudieron tener los mejores artistas del Renacimiento italiano…»

 Ser descubierto así de jubilosamente por Eugenio d’Ors, en aquellos años, era toda una presentación de credenciales en Madrid. A los Salones de los Once pertenecían, entre otros, Torres-García, Benjamín Palencia, Eduardo Vicente, Zabaleta, Solana, OIga Sacharoff, Pedro Bueno, Planes, Grau Sala, Àngel Ferrant, Joaquín Vaquero, Juan Antonio Morales, Francisco Lozano, Vázquez Díaz, Lloréns Artigas, Mompou, Álvaro Delgado, Cristino Mallo, Zuloaga, José Clará, Pancho Cossío, Oteiza, Perceval, Tápies, Miró, Dalí… No estaba mal, para empezar, nominarse en esa nómina. Manuel Baeza entró en el gran mundo de la pintura «madrileña» de la mano de Eugenio d’Ors. Pero ni siquiera aquello (que era lo que más ambicionaba cualquier pintor español) consiguió darle apariencias de estatua a Baeza. Dice Séneca que es muy difícil ser constantemente el mismo hombre. Pues Manuel Baeza lo fue. Siempre fue lo menos parecido a su propia estatua.

 En nuestra tertulia de la Cervecería de Correos, en Cibeles (con Gaya Nuño, Milícua, Mateos, Pedro Flores, Paco Arias, Ucelay, tantos otros), Manuel Baeza ponía siempre su nota de alegría y buen humor, su camaradería y compañerismo. Los años han pasado, claro está, y de aquel Leslie Howard de antaño… Pero sigue igual de vivaz, tan alegre compañero. No quiso nunca posar de artista, que es un poco posar de muerto, Siempre ha sido un hombre vivo, interesado y hasta apasionado por la suerte de su tiempo. Un hombre comprometido con su tiempo.

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