PINTOR ALICANTINO MANUEL BAEZA: SU TIEMPO (1911-1986) de A.M.CAMPOY

«No hay evasión posible. El tiempo es invariable». (Henry Miller)

Hay obras de arte que se explican por sí mismas, aunque para entenderlas exactamente es preciso conocer las en su perspectiva histórica; otras obras de arte sólo pueden explicarse como «documento», como testimonio de una edad, pues intrínsecamente no son nada.

 ¿Qué son las Primeras Medallas de 1912, concedidas un año después de venir al mundo Manuel Baeza? Son, sobre todo, líneas de continuidad en los criterios estéticos y sociales de nuestras Exposiciones Nacionales de Bellas Artes. La Nacional de 1912 consagra los nombres de Martínez Cubells, Salaverría, Rusiñol, Rodríguez-Acosta, Agustín Lhardy, Moisés de Huerta… Baeza viene al mundo en ese momento artístico español. Fuera de España, tres meses después de nacer en Alicante nuestro pintor, las cosas son distintas. En abril de 1911 se inaugura en París el XXVII Salón de los Independientes, en cuya «escandalosa» sala 41 exponen los cubistas: Archipenko, Delauny, Marcel Duchamp, Gleizes, Marie Laurencin, La Fresnaye, Léger, Fauconnier, Metzinger, Picabia, Reth… «Le Journal)) vió estas obras como un «regreso al salvajismo y a la barbarie primitivos)). Con lo que resulta que en todas partes cuecen habas, y Francia no se libraba de tal cocción. Pero allí, en París, se consagraban las excepciones a la regla conservadora -reaccionaria- de Francia.

 Entre nosotros también había excepciones que se llaman Vázquez Díaz, Solana, Echevarria, Iturrino, Nonell, Regoyos y -a punto de ser asumidos ya por la «école de Paris))- Picasso, Juan Gris, María Blanchard… En 1930, que es el año de la iniciación «profesional)) de Manuel Baeza, nuestra Nacional de Bellas Artes concede sus Primeras Medallas a Àngel Gómez Alarcón, Castro Gil, Álvarez Laviada, y la Medalla de Honor se otorga a Joaquín Mir. Ese mismo año, Picasso recibe el Premio Carnegie por el retrato de OIga.

Matisse viaja a Tahití en busca de arabescos oceánidas. Giorgio de Chirico ilustra los «Caligramas)) de Apollinaire. André Breton publica el Segundo Manifiesto Surrealista… Años después, Eugenio d’Ors hacía el balance del “estado de la pintura” en España con estas palabras: «Un siglo entero ha podido pasarse, en Madrid y en el ambiente intelectual español por Madrid regido, completamente en ayunas de cualquier directa información acerca del arte mundial contemporáneo)) .

Arte mundial que, ineludiblemente, se citaba en la «école de Paris), que era -es-, en síntesis, según la clara explicación de Bernard Dorival, «la elaboración, por extranjeros fijados en la capital de Francia, de una flexión original del arte internacional del momento, la creación de una pintura que no se confunde ni con la francesa ni con las extranjeras, que participa de una y otras, y que posee ante todo un pronunciado sabor personal.) Donde Dorival pone “extranjeros fijados en la capital de Francia”, pongamos nosotros «pintores de toda España reunidos en la capital del país)) y obtendremos una imagen clara de lo que puede ser la llamada «escuela de Madrid)), a la que Manuel Baeza se incorpora en los años cuarenta con pleno derecho: primero, por su largo aprendizaje madrileño; después, y definitivamente, por su inclusión en el Salón de los Once.

No pierde por ello su carácter esencial y radical de pintor mediterráneo (no pierde su cantabrismo Cossío, ni su asturianismo Vaquero, ni su vasquismo lo pierden Menchu Gal ni García Ochoa, miembros eminentes de la «escuela de Madrid», pero su adscripción a la escuela madrileña es un dato que no debe pasarse por alto.

Baeza, como tantos otros, contribuye a la significación de dicha escuela.

 Participa activamente en el movimiento pictórico contemporáneo más decisivo de los años de la posguerra, al que aporta su visión personal y del que, sin duda, recibe -como todos- informes peculiares. No es el pintor que se retrae en su tierra y deja pasar, indolente y reaccionario, la procesión de la actualidad. Manuel Baeza es uno más de los protagonistas del protagonismo de Madrid en los años cruciales del arte moderno, y cuando lo cree necesario se instala en París para percibir, más aún, el aire nuevo. Luego de sus experiencias madrileñas y parisienses volverá a su tierra, junto a su mar, para seguir hilvanando el hilo de oro de su obra. Allí, en su estudio alicantino, sentirá palpitar todo lo que exalta su alma, y siempre permanecerá en vigilia temporal, atento al discurrir de las horas, sin exiliarse en ningún pasado, sin ser desleal a cuantos -pasados- pudieran conformarlo. Baeza se ha librado de ser un converso. El cambio, en su obra, es un tránsito continuo hacia la madurez, nunca un salto calculado…

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